Las ciudades no solo se descubren por sus monumentos o sus importantes museos. La capital madrileña destaca por su gran ambiente y sus bares que, históricamente, han sido mucho más que lugares de paso. Desde tabernas del siglo XIX hasta bares míticos de la Movida, cada uno conserva en su interior una parte del alma de Madrid.
Dónde la historia se sirve con vermut
Las tabernas castizas eran mucho más que lugares donde se servía vino. Han sido los primeros espacios sociales en Madrid para vecinos, parroquianos y tertulianos que, durante el auge de estos en el siglo XIX, la capital experimentaba un crecimiento urbano y demográfico que empujó a la creación de lugares de encuentro accesibles para la clase trabajadora.
Las tabernas tenían un diseño oscuro, con barriles de madera y suelos de albero. Las personas se reunían para hablar de política, difundir rumores, hacer negocios e incluso escribir coplas, eran el barómetro del sentir popular.
Una de las más emblemáticas es Casa Alberto, abierta desde 1827 en el famoso Barrio de las Letras. En este lugar se imprimieron las primeras ediciones de Don Quijote. Otras como Casa Labra que vieron nacer al PSOE en 1879 tras una reunión en su comedor.

A principios del siglo XX, los cafés de Madrid se convirtieron en auténticos centros de pensamiento, arte y política. A diferencia de las tabernas, los cafés ofrecían un ambiente más relajado y propicio para escritores o filósofos.
Uno de los más emblemáticos es, sin duda alguna, Café Gijón, ubicado en el Paseo de Recoletos. Fue sin duda un espacio de encuentro para figuras como Ramón María del Valle-Inclán, Antonio Buero Vallejo, Camilo José Cela, Gloria Fuertes o Francisco Umbral.
Otro de los clásicos es el Café Comercial, abierto en 1887 en la glorieta de Bilbao. Fue uno de los primeros cafés en dar espacio tanto a tertulias políticas como a encuentros culturales más modernos, y sigue hoy activo, manteniendo parte de su esencia original.

En los años 80, Madrid vivió una explosión cultural, una revolución que nació y se vivió en los bares, como La Bobia o El Penta, donde músicos, cineastas, escritores y fotógrafos compartían noches interminables.
No todo bar con historia necesita fama. Los bares de barrio, a menudo familiares, son custodios silenciosos de la historia cotidiana de Madrid. Barras estrechas y cañas bien tiradas, un lugar donde celebrar goles y ver pasar generaciones, donde el camarero conoce tu nombre y donde pides “lo de siempre”.
Los bares también evolucionan. Ahora compartimos mesa con portátiles, pedimos por QR y brindamos con cerveza artesana. Pero, al final, siguen cumpliendo la misma función: ser espacios donde conectar, hablar y poder formar parte de la capital madrileña.









